El desván

La historia de un divorcio mal resuelto funciona porque es un lugar común en el que todos podemos encontrarnos. Pero la docuserie ha logrado su gran magnitud no sólo por la protagonista, sino por cómo el formato apuntala su relato.

Ya hemos hablado por aquí antes de la encrucijada en la que se encuentra el género del true crime, sobre volver y volver de forma maniquea -buenos contra malos- a los grandes criminales vintage cuyas historias todo el mundo conoce. Y en estas que aparece Rocío: Contar la verdad para seguir viva, una serie documental producida por La Fábrica de la Tele y el tema ha llegado incluso al Congreso de los Diputados por algo ya apuntado por aquí: la clave es conectar con los grandes problemas de nuestro tiempo, al margen de lo que cada uno piense.

En la incertidumbre de nuestro tiempo buscamos respuestas. En la transición del modelo tradicional de familia hacia otras nuevas realidades buscamos respuestas. De ahí el éxito de películas como Historias de un matrimonio. Aumenta el interés por la filosofía y la psicología. Y el desamor, el divorcio, los hijos y el síndrome de alienación parental son asuntos que interesan a millones de personas.

La puesta en escena recuerda al desván con los muebles tapados por telas al que acudimos de noche a revisitar nuestros recuerdos con un proyector.

Un formato que escucha a las redes sociales

Más allá del relato, el formato: el montaje es trepidante y atrapa desde el primer minuto. Ahora que todos estamos acostumbrados a las historias contadas en pocos segundos de los stories de Instagram y TikTok, no es necesario hacer esperar a un espectador que ya entiende la inmediatez. Por tanto cuando Rocío arranca lo hace a todo trapo y parece increíble que detrás existan muchas horas de edición que de manera invisible hilvanan, apuntalan y completan. Lo cuentan en Kine: “El montaje es tremendamente demoledor. Parece que los productores han escuchado a la nueva ola de espectadores, esa masa de población que necesita conectar con el video en un click, el docu funciona y va al grano. Totalmente directo”.

Tiene un decorado minimalista y neutro que pareciera hecho para no ser visto. Recuerda al desván con los muebles tapados por telas al que acudimos de noche y en soledad a revisitar nuestros recuerdos con un proyector de diapositivas y super-8. Y en un desván suele haber dos cosas: nostalgia o fantasmas.

Y como en toda gran historia, entre el inicio y el final tiene que haber una odisea de éxitos y obstáculos que desemboquen en la evolución personal de la protagonista. En Rocío… esto ya se anticipa en la misma cabecera del programa, donde se emplea la referencia mitológica de la destrucción y posterior renacimiento con el Ave Fénix que tiene tatuado en su espalda.

La magia del contacto visual

En su relato, sólo la acompañan algunos efectos sonoros de fondo -unas llaves abriendo una puerta cuando ella lo cuenta- y unas músicas que marcan crescendos supersónicos creados para alcanzar el clímax de lo que la protagonista nos cuenta y nos imaginamos. El formato logra que veamos algo que no podemos ver, y ese es precisamente el epicentro de su polémica y lo que genera conversación.

Que la persona con la que habla Rocío esté colocada junto a la cámara nos aporta casi la sensación de que nos estuviera hablando a nosotros. Su mirada casi se cruza con la nuestra. Así, mediante la búsqueda del contacto visual, es como se logra no sólo que veamos la intensidad de sus emociones sino que ella misma nos invita a empatizar con su relato.

Estamos en la era de la emoción, que puede ser la tristeza de esta docuserie pero también la euforia que vemos en los ‘talents’ que hoy reinan sobre los concursos multicolores del pasado.

Y para que todo respire entre clímax y clímax, un proyector ejerce de separador y anticipa imágenes de archivo, sobre las que Rocío en ocasiones reacciona y que nos recuerda a La Caja, otro formato de la misma productora.

La vida real y los problemas comunes

En Rocío: Contar la verdad para seguir viva vemos claramente cuánto hemos cambiado en algunos formatos de entretenimiento. Lejos quedan aquellos zooms mareantes importados por Valerio Lazarov, las bailarinas que sólo podían serlo en bikini, los concursos mastodónticos y multicolores, la belleza normativa y la alegría obligatoria. Aquel mundo feliz es un paraíso perdido. Hoy no hay tabú en mostrar públicamente que tenemos problemas, ruina y mala suerte. Ello nos lleva a nuestra era de la emoción, que puede ser la tristeza de esta docuserie pero también la euforia que vemos en los talents que hoy sepultan a los concursos del pasado.

Hemos visto hace poco algo parecido en ‘Nevenka’ (Netflix) y me atrevo a aventurar que vamos a ver muchas historias como estas de ahora en adelante.

Viendo esta docuserie me acuerdo de mi paso por el programa Viajando con Chester, en el que tuve la suerte de colaborar en contenidos durante varias temporadas. Me fascinaba que algo tan estático como una conversación liderase en audiencias y en popularidad. Hasta entonces, nadie habría apostado por un programa de dos personas quietas hablando en un sofá -plano/contraplano- durante cuarenta minutos. Así triunfaron fuera de los platós tradicionales Jordi Évole y Bertín Osborne. Fue el triunfo de la conversación, de la esgrima de los argumentos, los mismos ingredientes que muchos telespectadores echaban de menos. Por eso, las entrevistas de Soler Serrano cuentan actualmente con millones de reproducciones en YouTube.

Hoy con Rocío… no hay conversación en el formato pero sí en la calle por la astuta forma en cómo se ha presentado la historia: la historia de Rocío no es sólo la suya, sino la de millones de mujeres.

En su desván reina el punto de vista personal. Y el punto de vista personal es la clave de todo documental. En Fuera de Series dicen al respecto que “lejos de lo que muchos creen, el documental no pretende ser una incuestionable verdad, ni un ejercicio de imparcialidad, en tanto en cuanto que no es un producto meramente periodístico, sino que construye un relato cuyas piezas se forman con elementos de la realidad. La narrativa es clave”.

Hemos visto hace poco algo parecido en Nevenka (Netflix) -una mujer narra su traumática historia en una discreta puesta en escena- y me atrevo a aventurar que vamos a ver muchas historias como estas de ahora en adelante.

Siempre es interesante la historia que plantea un desafío y sacude a una sociedad y llega al Congreso de los Diputados y también al bar de la esquina. Y también la que aborda y eleva algo tan común como un divorcio mal resuelto.

Los monstruos habitan los espacios comunes, ya no es necesario buscarlos entre los asesinos en serie. El desempleo es un monstruo, la enfermedad es un monstruo. Quien mata un poco cada día y no de golpe, el alcoholismo, la soledad, el miedo, el acoso, el odio, la cuenta en números rojos, la pobreza son monstruos, la nostalgia de nuestro desván es un monstruo e incluso quien te conoce, a veces, también.

Crédito imagen principal: Mediaset