¿Por qué las docuseries funcionan tan bien?

Es el subgénero triunfante porque elige temas universales y porque nos concede lo más valioso de nuestra era: tiempo para pensar sobre ellos.

Vidas peculiares, momentos históricos, locuras criminales o seguimientos a vips de crónica rosa. Los documentales divididos en episodios, las docuseries, viven una etapa de esplendor. Los datos lo demuestran, las audiencias las quieren y pocos casos son fallidos.

Más allá de la propuesta que nos lancen, han logrado lo imposible: que volvamos a ser dueños de nuestro tiempo para reflexionar sobre un tema concreto durante varios capítulos, es decir, recobrar el lujo perdido de poder darle vueltas a una-sola-cosa durante horas.

Hablando sobre lograr lo imposible, parece que estos contenidos periodísticos ya no son los hermanos pequeños y ensombrecidos por la ficción. Lo explica muy bien Manuel Blanco Pérez desde la Universidad de Sevilla:

«El formato del documental periodístico tradicional ha sufrido un profundo revulsivo en los últimos años. Tradicionalmente denostado por la industria del cine de ficción, en los últimos años, ha conseguido tener status propio dentro de los festivales de cine más prestigiosos del mundo. Pero es que, además, en las plataformas actuales, los docuseries ocupan un lugar no menor en las parrillas de cada una de ellas, rivalizando ya con las series y las películas de ficción de producción propias más vistas».

Nacidas hace más de una década de modo artesanal amateur en YouTube (lo expliqué en La Vanguardia en 2016), ahora son gestionadas por productoras y bien recibidas por televisiones y plataformas, hay contratos millonarios y facturas del séptimo arte. Ya hemos visto muchas y muy diferentes: ‘Rocío: Contar la vedad para seguir viva’, ‘Nevenka’ o ‘Soy Georgina’hay mucha protagonista femenina, apunten eso y pregúntense por qué- han sido ejemplos diferentes de éxito en audiencias, conversación mediática y social, y un augurio de que la docuserie es un filón que sólo acaba de comenzar.

Las claves del género

Una de las claves del subgénero reside en lograr la máxima conexión con el espectador -con nosotros-, con la intención de que nuestra opinión sobre la persona que hemos empezado a escuchar cambie durante o al final de la exposición del relato. Por tanto, la revisitación de una historia desconocida o perdida en el tiempo es fundamental.

La conexión emocional se consigue mirándonos directamente a los ojos y eliminando todos los obstáculos intermedios que parezcan que ha habido excesiva preparación, perfección o muestra de que el contenido está demasiado manoseado y enlatado. Ojo repito: que algo parezca improvisado, no significa que lo esté.

La puesta de escena de ‘Nevenka’ (Netflix)
La puesta de escena de ‘Rocío’ (Mediaset)

El personaje parece mirarnos a los ojos y también desaparece la figura del narrador en off y la música sólo se utiliza para enfatizar un momento y emoción. Los decorados, discretos y que no molesten. Los planteamientos, universales y profundos, y sentimientos potentes como el odio, la pena o el miedo, y emociones visibles como las carcajadas o el llanto. De esta manera, cuando el personaje llora, parece hacerlo con nosotros en la intimidad.

Pero, ¿por qué funcionan tan bien? Más allá del morbo voyeur de algunos casos, las docuseries son un subgénero que nos puede dar lo que queramos: desde algo para pensar a algo para dejar de pensar.

Pero en esta era de incertidumbre esperamos que los finales sean justos y tiene buena acogida la historia de quien resurge de sus cenizas, del fracasado que al final ganó, del débil que con pocos medios venció al fuerte. Desenlaces, en fin, que nos lleven a creer que, aunque todo se derrumbe a nuestro alrededor, podría haber un minúsculo lugar para cierta justicia poética.

Poco triunfaría una docuserie que escoge bien a su protagonista pero que es incapaz de abordar junto a él cuestiones interesantes y retadoras sobre las que todos tenemos una opinión. Pero la que realmente triunfará es la que logre que la cambiemos.

Lo más importante: el tema

El tema siempre debe ser una cuestión universal, llevada de la anécdota a la categoría. Grandes preguntas y respuestas. Probablemente la más ambiciosa, ¿quién es Dios? ya se la ha planteado en varios capítulos Morgan Freeman en ‘La historia de Dios’. ¿O cuál es el precio de pasar a la Historia, de hacer algo realmente memorable? Ahí está la concatenación de fracasos y desesperación de Elon Musk hasta la gran victoria final en su odisea espacial ‘Countdown‘. Apagamos el televisor o bajamos la tapa del ordenador pensando que podría haber algo más, una misión más elevada, y que un martes cualquiera podría convertirse en algo más que esto.

Por eso en la docuserie es fundamental -por encima del formato, del decorado y hasta del personaje- la acertada elección del tema. Poco triunfaría una docuserie que escoge bien a su protagonista pero que es incapaz de abordar junto a él cuestiones interesantes y retadoras sobre las que todos tenemos una opinión: relaciones de familia y pareja, modo de vida, la relación con el dinero, con la religión, con la política, etcétera. Pero la que realmente triunfará será la que logre que la cambiemos.

Por ejemplo, la de Rocío Carrasco no habría tenido el mismo impacto social si, más allá del puro biopic, no se hubiera introducido el tema de la violencia vicaria. En ‘Nevenka’ el tema es el machismo social e institucional, y el impresionante ‘Wild, wild country’ nos muestra lo fácil que puede ser confundirnos.

Detrás el alocado mundo de ‘Tiger king’ hay una seria invitación a reflexionar sobre modelos de vida menos normativos. ‘Las cintas de Ted Bundy’ nos recuerdan que los mayores asesinos también llevan jersey anudado en los hombros, van a la facultad con tu hija y la invitan a entrar en su coche. ‘Rotten’ (‘Podredumbre’ en Netflix) fascina por sus revelaciones aterradoras del funcionamiento de la industria alimentaria y ‘¿Dónde está Marta?’ logra con sus pesquisas que sus descubrimientos salten a la misma investigación del caso.

Ya que un documental es la exposición de un punto de vista, sólo nosotros tendremos la palabra final sobre lo que hemos visto, si las pruebas nos han convencido o todo lo contrario, y lo que es mejor: si deberíamos actualizar alguna de nuestras opiniones.

Aquí alguien se merece un premio

Un premio a los primeros que lograron salirse con la suya y parar eso de «hay que convertir estas 100 horas de grabación en un documental de 45 minutos. Hay que cortar, cortar, cortar». Benditos los que se impusieron sobre la tijera y, también, a los que del otro lado compraron una serie y no sólo un documental.

Que a nadie le escape el beneficio secundario: Trocear un contenido aporta un valor extra: genera más conversación y más audiencia sostenida, ya sea en platós o en redes sociales. La emisión de un único documental genera tuits y titulares durante tres días, pero seriarlo genera un interés mantenido -tanto nuevo como acumulado- durante el tiempo previsto de emisión, lo que incrementa los ingresos de las cadenas y plataformas.

Las docuseries son estimulantes, en muchas ocasiones moral y éticamente desafiantes, y sus preguntas a veces son el cuchillo que el lanzador nos clava junto a la oreja.

El triunfo de lo largo es todo un milagro en la narrativa audiovisual del siglo XXI, cuando todo debe ser corto. Por ejemplo, en muchos informes de métricas de redes sociales se da un margen de sólo tres segundos para saber si un vídeo ha enganchado o no. Tres segundos de oportunidad. Como consecuencia directa o indirecta, la visión en storiescope de la vida ya ha empezado a hacer mella en los cerebros y procesos de aprendizaje de niños y adolescentes. Hay mil estudios sobre ello. Todo tiene que ser más rápido, más impactante, más ruidoso. Warhol diría hoy que en el futuro sólo tendrás 15 segundos de concentración.

Ya avanzó Schopenhauer que «sería bueno comprar libros, si se pudiera comprar a la vez el tiempo para leerlos». En esta época multitarea de notificaciones, prisas y urgencias, muchos echamos de menos aquel espacio libre de distracciones y pocas interrupciones que solíamos ocupar en leer varios capítulos de un libro o perfeccionar una habilidad. En profundizar en cualquier cosa, básicamente. Y dedicar ocho horas a conocer la cara más oscura de la industria alimentaria probablemente lo sea. Las docuseries, en este contexto, son estimulantes, en muchas ocasiones moral y éticamente desafiantes, y sus preguntas a veces son el cuchillo que el lanzador nos clava junto a la oreja.

Ya que hablamos de Warhol y cuchillos, Netflix acaba de lanzar una docuserie sobre los famosos diarios del referente pop. Tampoco es casual: en los tiempos inciertos, nadie mejor que los creadores universales para plantear preguntas y respuestas.

¿Tendremos una docuserie sobre un icono cultural del siglo XX entre lo más visto de la plataforma? Aquí debería poner el meme del brindis de Leonardo di Caprio ante el augurio de una larga y próspera vida a la industria audiovisual.

Ojalá también lo sea para todos nosotros.

Photo by Alin Surdu on Unsplash.

‘El ‘true crime’ en la encrucijada’, entre los 23 mejores artículos de Comunicación de 2021

El periodista y antropólogo Miquel Pellicer ha incluido mi análisis ‘¿Quién es el monstruo? El true crime en la encrucijada’ dentro de los 100 mejores artículos de Comunicación de 2021, según su ranking del año, donde ocupa la posición 23.

Gracias, Miquel :) Conoce más a Miquel Pellicer aquí y no te pierdas su newsletter La comunicación que importa, de las mejores del sector y perfecta para ponerse al día rápidamente en periodismo, comunicación y curación de contenidos.

Vuelve a leer ¿Quién es el monstruo? El ‘true crime’ en la encrucijada’ aquí.

Deconstruyendo a Nathy Peluso: una gimnasta que llegó con un mensaje claro

Directa y contundente, hiperactiva, empoderada sin pedir permiso ni perdón. Nathy Peluso es todo un fenómeno que ahora se disputan productores y escenarios. ¿Cómo lo ha hecho?

Cantante y compositora argentina, alcanzó el éxito global con su desafiante Sana Sana. Pero, ¿qué hay detrás de toda esa energía sexual? ¿Cómo ha conseguido el éxito internacional? Aquí algunas claves.

1. Su historia es verdadera

Nathy Peluso tiene calle. Sus letras relatan lo que ha vivido. Nació en Luján, provincia de Buenos Aires, y se crió en el barrio de Saavedra. Con 10 años emigró con su familia a España y residió inicialmente en Alicante, donde con 16 años empezó a actuar en hoteles y restaurantes de Torrevieja.

Luego pasó por Murcia y, al llegar a Madrid, trabajó en hostelería y en cadenas de producción, además de como dependienta y teleoperadora. Fue camarera, montó cajas de cartón en una fábrica y sirvió paellas baratas a los turistas, dijo en Vanity Fair.

«En mis canciones hablo de lo que me pasa», ha resumido en diferentes entrevistas. Y en ellas siempre transpira el recuerdo de un pasado de carencias. «Yo pensaba: cuando tenga dinero voy a disfrutar de la comida como nadie», ha dicho. Por eso en sus canciones hay muchas alusiones a la comida, como en Natikillah o el ya famoso: «Y si el FMI me la toca, si creen que van a comer de mi sopa…».

Con todo este material de pratida, su relato es fuerte. Y la honestidad es siempre un punto a favor.

2. Conecta con su audiencia y crea lemas de empoderamiento

El punto 1 es la base para este punto 2, porque desde el relato real siempre existe más potencia para reclamar, exigir justicia y promover cambios.

Cada nueva canción de Nathy Peluso es un zasca al patriarcado, a las relaciones tóxicas, una oda al empoderamiento femenino y a la belleza no normativa. «Con mi celulitis y mi fibra grosa, tú sabes que así estoy más hermosa».

Como ya hemos comentado con Billie Eilish, una clave para el éxito de un artista es conectar con su audiencia y con los temas de su tiempo. Y los mensajes de Peluso son transversales y de gran encaje en el momento actual. La audiencia los quiere conocer y escuchar, empatiza con ellos, los reproduce millones de veces, los compra y quiere identificarse con ellos. Es decir, con ella.

En este sentido, probablemente su canción Mafiosa (2021) sea su opus magnum por su doble mensaje: el de la letra y por cómo decide mostrar su cuerpo:

3. Hace lo que quiere (porque puede).

A diferencia de los primeros trabajos de cualquiera en la carrera de Audiovisuales, Nathy Peluso es capaz de meterlo todo en un mismo tema sin que quede mal. Como dijo Ibai Llanos tras ver su sesión con Bizarrap, «Nathy Peluso hace lo que quiere».

Por ejemplo, puede juntar el rol de mafiosa + feminismo + sexo explícito («Qué buena vista tenés cuando me ponés a cuatro patas / si se entera de esto, mi papá te mata»), + anticapitalismo + consumo de drogas + criticar al FMI pero luego hablar de Prada en su internacional Sana Sana sin que quede mal. Y eso es un arte. Hip, con el hip, con el hip-hip-hopa.

Pero si alguien cree que sólo sabe hacer hip-hop, quizá debería verla en un registro completamente diferente, como este interpretando Copa Glasé al estilo diva vintage, en el que es imposible no recordar a Amy Winehouse.

Nathy Peluso interpretando ‘Copa Glasé’ en las Navidades de 2019

4. Un control corporal muy estudiado

Hiperactiva, retorcida y exagerada, sus movimientos aparentemente espasmódicos atrapan e invitan a quedarse siempre un segundo más por el ver qué pasará.

Pero eso no es un accidente. Nathy Peluso estudió dos años de teatro físico en la Universidad Rey Juan Carlos I de Madrid. Es un tipo de teatro cuyo principal medio de creación y expresión es el cuerpo como la danza, el mimo, la acrobacia o las artes marciales, en lugar de los aspectos psicológicos en la creación del personaje. A esa formación que hay que sumar, además, nueve años de gimnasta rítmica: cinta, maza, pelota, aro. Una década de aprendizajes para la expresión mediante el baile que respiran, por ejemplo, en su caliente Delito.

Y sus capacidades interpretativas se ven, por ejemplo, en su sesión con Bizarrap -un vídeo que ha sido visto 247 millones de veces en sólo ocho meses- donde su expresividad constante no deja un segundo para aburrirse:

5. Un proceso creativo al servicio de la autoficción

Este es el punto más interesante del proceso creativo de la argentina. Nathy Peluso ha explicado que «no sólo hago música, hago entretenimiento, busco entretener y generar diferentes sensaciones al espectador» con la música, con la danza, con su personaje. Es decir, ella sabe qué personaje va a interpretar y qué mensaje éste va a lanzar. Su control total del diseño y del producto la convierte en una experta en personal branding, marca personal.

Lo explicó en La Nación del siguiente modo: «Soy una artista. No soy cantante nada más. Me gusta crear toda una performance y creo que para el espectador es mucho más entretenido. Lo que exploto más en el personaje es la puesta en escena, la imagen, los trajes, los acentos, los peinados, la manera de moverse, la manera de actuar, ese sandungueo. Pero en lo que escribo soy yo. Todo lo que digo es muy, muy íntimo y sincero. Hablo de lo que me importa».

Así es su proceso creativo en relación a sus personajes: «Van apareciendo nuevos, diferentes mujeres dentro de mí que no las busco pero vienen a visitarme. Son personajes. Voy escribiendo lo que me pasa como mujer, como humana, y desarrollo un universo alrededor de las letras. Entonces aparece una mujer agresiva, otra sensible, otra rota, otra luchadora. Aparecen bajo diferentes nombres y características y es súper divertido para mí habitarlas», dijo a Buenafuente en enero de 2021.

Por tanto, el proceso creativo de Nathy Peluso se sustenta en la autoficción, en los multipersonajes. No deja de ser un ejercicio de interpretación como el de cualquir actriz. Y esas diferentes mujeres que la habitan se revelan por ejemplo, en las portadas de sus tres álbumes Esmeralda (2017), La Sandunguera (2018) y Calambre (2020).

6. Detrás de su éxito: el productor de Coldplay y el arreglista de Prince

Todos los grandes artistas cuentan con excelentes productores y músicos en la sombra que el gran público desconoce, pero que son determinantes para conseguir un gran éxito.

En Calambre ha trabajado Rafa Arcaute, ganador de trece premios Grammy Latinos y dos Grammys, y otros productores de primer nivel mundial como Illmind -Kayne West, Drake, 50 Cent, Adriana Grande-, Fede Vindver -productor de Coldplay-, o Michael B. Nelson, legendario arreglista de Prince.

Aunque sus tres álbumes están repletos de crítica social y mensajes de autoafirmación, es en el tercero, Calambre, el de su éxito internacional, en el que ya mira frontalmente a cámara en un sensual espagat. Es evidente la alusión a su pasado en la gimnasia rítmica, aquella en la que, según sus propias palabras, la llamaban gorda. Peluso recoge, reinventa y lanza. Su mirada y puesta en escena en esta portada es su respuesta a aquello.

No lleva más ropa que unas vendas que, según ella misma ha explicado, es «una manera de mostrarme transparente hacia mi público«. El calambre del gimnasio, como el de la vida, algo doloroso y placentero cuando se termina, define su momento.

Detrás de esta portada está el Studio Alberto Romagosa, empresa barcelonesa de dirección creativa y diseño gráfico que cuenta con otros clientes como Bimba y Lola, Stella McCartney, Sony Music o Unicef. Y también tiene detrás a la estilista Carolina Galiana, alguien a quien hay que seguir si se busca entender algunas referencias del estilo actual de Peluso.

7. Sensualidad a otro nivel (intelectual)

Un artículo de Juanan Navarro en Código Nuevo llamado «Las mentes creativas son más sexys» se refiere al interesante concepto de hambre de autoexpresión:

«Hay personas que son sensuales a otro nivel, entendiendo por sensualidad algo que va más allá de lo físico y terrenal. Y no es algo que nos resulte extraño, ya que investigaciones recientes afirman que nada nos atrae tanto de otras personas como verles vistiendo con estilo, tocando en una banda o diseñando una nueva app. Cualquier cosa que pruebe que tienen capacidad de inventar es sinónimo de hambre de autoexpresión. Y la autoexpresión es la habilidad de manifestar y permitir mostrarse desde dentro, sabiendo lo que uno es y sabiendo lo que uno vale. Eso sí que es ser sexy. Pero también es importante entender que la palabra sexy no está centrada únicamente en el terreno de la sexualidad. La creatividad es irresistible en cualquier dimensión porque te hace más resolutivo, estar más empoderado y ser más impactante. Sea cual sea el área en la que te muevas».

8. Crea momentos para los medios que se hacen virales

Nathy Peluso funciona perfectamente en los medios de comunicación. Es generosa, multitemática, da titulares, sabe posar, sabe actuar, sabe dar espectáculo, hace reír, hace pensar. Habla de sexo sin tapujos, de la pobreza, entra en todos los jardines pero sin la fatiga de ser aleccionadora.

Sin duda sería más confortable y controlado difundir sus contenidos en sus redes sociales y evitar preguntas incómodas, pero se lanza a los platós de televisión y crea momentos que luego se hacen virales en redes sociales. Y eso es un win-win: le garantiza más popularidad al tener presencia en los medios de comunicación masivos tradicionales y éstos, a su vez, siguen contando con ella. Es un (provechoso) círculo sin fin.

9. Conoce el poder del humor

El humor y la ironía están muy presentes en sus canciones y entrevistas, algo que espectadores y lectores siempre agradecen.

El humor siempre abre puertas. Lejos de la intensidad y la densidad, Nathy Peluso sabe reírse de sí misma y generar situaciones simpáticas e hilarantes, sobre todo en sus apariciones televisivas. De esta forma logra equilibrar los puntos más radicales de su mensaje -que sus fans ya conocen y han comprado- y consigue abrirse a nuevos públicos desde sus propios lugares, donde funciona lo más homogéneo, tradicional, mainstream.

10. Tiene una visión y una misión

Muy por encima de que su puesta en escena parezca improvisada y salvaje, es una artista con la mirada puesta no sólo en su carrera, sino que va más allá incluso de su forma política y crítica de entender el mundo y la sociedad. Peluso piensa en un contexto de legado generacional. En la entrevista mencionada con Buenafuente, dijo al respecto:

«Es importante que los artistas de nuestra generación apostemos por algo que sea humano. A veces estamos medio distraídos, porque hay muchas distracciones. Y no es que sea negativo, simplemente hay que hacer que sean algo productivo para dejar una herencia cultural, porque quizás todo lo que tenemos a nuestra disposición nos hace ser un poco vagos a veces. Es interesante decir ¿Cómo podemos vencer esto de una manera artística y dejar un legado para los que venga, que estamos nosotros orgullosos de nuestra generación, sobre lo que pudimos aportar a la cultura?».

Una pregunta que seguramente tiene ya una respuesta escondida en algún lugar de esta mente súper creativa que reconoce que, cuando se coloca las uñas postizas, es cuando realmente empieza el espectáculo para nosotros.

¿Quién es el monstruo? El ‘true crime’ en la encrucijada

Una gran historia ya no se mide sólo por el número de muertes, sino por si los temas que aborda logran conectar y generar una reflexión duradera en el espectador.

Era el verano de 2009 cuando estaba en Los Angeles y llegué al tristemente célebre barrio de Skid Row de casualidad. Me había despistado tras visitar la agradable Olvera Street, arteria principal del barrio mexicano sobre el que se construyó la ciudad. Las calles de Skid Row reúnen a unas 5.000 personas sin hogar que malviven en tiendas de campaña instaladas en las aceras a lo largo y ancho de sus 67 manzanas. Un territorio inmenso de pobreza extrema que incluso puede verse en Google Maps

Hablo de Skid Row porque el documental Escena del crimen: Desaparición en el Hotel Cecil (Netflix) lo ha vuelto a poner en el mapa. Lo ha hecho desde una interesante perspectiva de denuncia social y, desde mi punto de vista, eso lo mejor de toda la serie, cuyo argumento se centra en aclarar la misteriosa muerte de una joven en el hotel. Desde que Netflix la estrenó, el 10 de febrero de 2021, las consultas sobre Skid Row en Google se han disparado. Y las visitas de curiosos y youtubers del misterio al lugar, también. Es el efecto Netflix.

Las búsquedas de «Skid Row» en España se han disparado en febrero de 2021 coincidiendo con el estreno de la serie ‘Escena del crimen: Desaparición en el Hotel Cecil’. (Fuente: Google)

Nuevos enfoques y narrativas

Se necesitan nuevos enfoques para historias antiguas. Tal y como consigue esa serie documental, poner el foco en problemas actuales es la clave principal para que siga sobreviviendo el género del true crime, que previsiblemente pasará a llamarse simplemente docuserie. Ya no termina de funcionar el regresar una y otra vez a las viejas y grandes historias de asesinos en serie que la sociedad -o Wikipedia- ya conocen y sobre las que cuesta seguir generando algún tipo de misterio.

Si el género vuelve constantemente a canteras del pasado es porque, afortunadamente, los serial killers prácticamente ya no existen. Los avances tecnológicos actuales impiden que alguien pueda matar durante meses a decenas de personas sin ser capturado, como seguía ocurriendo en los años ochenta, cuando aún no existía ni las pruebas de ADN. Por eso el true crime dejará de llamarse así para comenzar a orbitar no sobre la muerte en sí, sino sobre contextos más actuales. Porque una gran historia no se mide por el número de muertes, sino por si los temas que trata conectan y generan una reflexión del espectador.

Las mismas viejas historias cansan si no se crea un nuevo interés que las convierta en atractivas. Y el nuevo interés sólo puede ser de dos tipos: debido a nuevos datos en la investigación o a la presentación de un nuevo enfoque. Si no es posible lo primero, cambiar el punto de vista del documental para darle una visión útil es fundamental para interesar al espectador.

Lo explica muy bien Paula Vázquez en La Nación cuando afirma que «es quizás cuando se sale del corsé del asesino como anomalía o excepción, cuando puede enraizarlo en la sociedad que lo engendra, en el tiempo del que emerge. La clave tal vez esté en potenciar lo testimonial a partir de aquello que perdura más allá del efectismo de exhibir la maldad o la violencia como espectáculo«.

Confusión entre ficción y realidad: ‘Krugerizar’ a los criminales

¿Cómo hablar de grandes criminales sin parecer morboso? Haciendo que se parezca a una película en la que el Bien siempre derrota al Mal.

El true crime ha ido virando su estructura interna hacia los géneros de ficción. Aunque emplee imágenes de archivo reales, el género tiende a parecerse más a una película que a un documental que relata hechos reales: Hay unos personajes bien delimitados -los buenos y los malos-, un misterio por resolver, una carrera a contrarreloj, una trama llena de obstáculos y un clímax final que busca sorprender y generar emociones en el espectador como el horror, la indignación, la victoria de atrapar al criminal o la rara sensación que siempre deja un final abierto.

Debemos tener cuidado con los límites del entretenimiento: Freddy Krueger era un personaje de ficción y la joven fallecida en el Hotel Cecil fue una realidad.

Estamos en la era de la emoción y, por ello, el true crime se viste hoy de una experiencia escalofriante que vivir acomodados en el sofá el domingo por la noche como cuando veíamos Pesadilla en Elm Street. Pero debemos tener cuidado con los límites del entretenimiento: Freddy Krueger era un personaje de ficción y la joven fallecida en el Hotel Cecil fue una realidad.

Advirte también sobre ello Scott Bonn, autor de Why we love serial killers, quien en una entrevista afirmó que «la identidad socialmente construida de los asesinos en serie no distingue entre los depredadores de la vida real como Ed Kemper y Jeffrey Dahmer de los ficticios como Hannibal Lecter o John Dor en la película Seven«. Es decir, que los modos de la ficción pueden estar contagiando la realidad hasta que en ocasiones podemos llegar a olvidar «los horrores reales que sufrieron las víctimas y sus seres queridos».

Problemas de relato y storytelling

Actualmente se presentan problemas para ahondar en las causas que crearon a los peores criminales de nuestra Historia reciente. En los 80 y 90, los documentales sobre crímenes no tenían mucha trama ni misterio, y no tenían la actual estructura de planteamiento, nudo y desenlace, que se reservaba para los guionistas de Hollywood.

En aquellos viejos documentales, la psicología sobrevolaba la definición del criminal y centraba su intención desde el primer momento: tal persona ha cometido tantos asesinatos en tantos años en tal lugar y vamos a intentar averiguar por qué y cómo podríamos evitarlo. A partir de ahí, se centraban en la mente del criminal y era habitual contar con psiquiatras forenses que trataban de entender por qué tal serial killer hizo esto o aquello, analizando su infancia y adolescencia para dar con las primeras señales de alarma que compartir con el espectador para intentar evitar que la historia volviera a repetirse.

Pero esto ya no es posible. Hoy día sería tremendamente injusto decir, como se decía en los 80, que tal persona se convirtió en criminal porque tenía tal enfermedad o trastorno mental, o porque sufrió abusos sexuales de pequeño, o porque vivió en un entorno marginal y de extrema pobreza porque, con toda razón, las personas que han sufrido estas circunstancias dirán que es posible llevar una vida normal y que generar esos estigmas sociales es perjudicial e irresponsable. Y es verdad.

Tenemos la solución ante nuestros propios ojos para dejar de repetir fórmulas agotadas, y es la de poner el foco en actuales desigualdades o en problemas sociales arraigados.

Esto explica por qué ahondar en las causas como se hacía tiempo atrás es algo que no se aborda demasiado en las actuales docuseries de moda. Resulta más fácil y seguro presentar al criminal como un personaje de ficción plano, sin demasiadas aristas y sin buena suerte en el pasado que simplemente ha tomado la decisión de ser malvado y por ello será castigado. Como una suerte de Joker.

Tenemos la solución ante nuestros propios ojos para dejar de repetir fórmulas agotadas, y es la de poner el foco en actuales desigualdades o en problemas sociales arraigados. Así ocurre en Escena del crimen: Desaparición en el Hotel Cecil, donde el foco está no sólo en una muerte extraña (sic) sino en que siga existiendo actualmente algo tan desolador como Skid Row, que se ha traducido en un creciente interés por el barrio que se detecta claramente en Google y que está haciendo que volvamos a hablar de ese problema. Ese enfoque explica, también, éxitos como el de la serie sobre La Veneno.

Sólo quedan dos caminos posibles: Seguir desempolvando a viejos serial killers y convertirlos en freddykruegers que amenicen nuestras noches de verano o intentar algo más. Quien es capaz de retomar una vieja historia para impulsar un cambio social en el presente con el objetivo de terminar con viejos estigmas, mejorar la vida de un colectivo marginado o corregir una desigualdad es quien enseña el camino para acabar con otra clase de monstruos.


Crédito imagen principal: «Skid Row, Los Angeles» by lavocado@sbcglobal.net is licensed under CC BY 2.0