¿Por qué las docuseries funcionan tan bien?

Es el subgénero triunfante porque elige temas universales y porque nos concede lo más valioso de nuestra era: tiempo para pensar sobre ellos.

Vidas peculiares, momentos históricos, locuras criminales o seguimientos a vips de crónica rosa. Los documentales divididos en episodios, las docuseries, viven una etapa de esplendor. Los datos lo demuestran, las audiencias las quieren y pocos casos son fallidos.

Más allá de la propuesta que nos lancen, han logrado lo imposible: que volvamos a ser dueños de nuestro tiempo para reflexionar sobre un tema concreto durante varios capítulos, es decir, recobrar el lujo perdido de poder darle vueltas a una-sola-cosa durante horas.

Hablando sobre lograr lo imposible, parece que estos contenidos periodísticos ya no son los hermanos pequeños y ensombrecidos por la ficción. Lo explica muy bien Manuel Blanco Pérez desde la Universidad de Sevilla:

«El formato del documental periodístico tradicional ha sufrido un profundo revulsivo en los últimos años. Tradicionalmente denostado por la industria del cine de ficción, en los últimos años, ha conseguido tener status propio dentro de los festivales de cine más prestigiosos del mundo. Pero es que, además, en las plataformas actuales, los docuseries ocupan un lugar no menor en las parrillas de cada una de ellas, rivalizando ya con las series y las películas de ficción de producción propias más vistas».

Nacidas hace más de una década de modo artesanal amateur en YouTube (lo expliqué en La Vanguardia en 2016), ahora son gestionadas por productoras y bien recibidas por televisiones y plataformas, hay contratos millonarios y facturas del séptimo arte. Ya hemos visto muchas y muy diferentes: ‘Rocío: Contar la vedad para seguir viva’, ‘Nevenka’ o ‘Soy Georgina’hay mucha protagonista femenina, apunten eso y pregúntense por qué- han sido ejemplos diferentes de éxito en audiencias, conversación mediática y social, y un augurio de que la docuserie es un filón que sólo acaba de comenzar.

Las claves del género

Una de las claves del subgénero reside en lograr la máxima conexión con el espectador -con nosotros-, con la intención de que nuestra opinión sobre la persona que hemos empezado a escuchar cambie durante o al final de la exposición del relato. Por tanto, la revisitación de una historia desconocida o perdida en el tiempo es fundamental.

La conexión emocional se consigue mirándonos directamente a los ojos y eliminando todos los obstáculos intermedios que parezcan que ha habido excesiva preparación, perfección o muestra de que el contenido está demasiado manoseado y enlatado. Ojo repito: que algo parezca improvisado, no significa que lo esté.

La puesta de escena de ‘Nevenka’ (Netflix)
La puesta de escena de ‘Rocío’ (Mediaset)

El personaje parece mirarnos a los ojos y también desaparece la figura del narrador en off y la música sólo se utiliza para enfatizar un momento y emoción. Los decorados, discretos y que no molesten. Los planteamientos, universales y profundos, y sentimientos potentes como el odio, la pena o el miedo, y emociones visibles como las carcajadas o el llanto. De esta manera, cuando el personaje llora, parece hacerlo con nosotros en la intimidad.

Pero, ¿por qué funcionan tan bien? Más allá del morbo voyeur de algunos casos, las docuseries son un subgénero que nos puede dar lo que queramos: desde algo para pensar a algo para dejar de pensar.

Pero en esta era de incertidumbre esperamos que los finales sean justos y tiene buena acogida la historia de quien resurge de sus cenizas, del fracasado que al final ganó, del débil que con pocos medios venció al fuerte. Desenlaces, en fin, que nos lleven a creer que, aunque todo se derrumbe a nuestro alrededor, podría haber un minúsculo lugar para cierta justicia poética.

Poco triunfaría una docuserie que escoge bien a su protagonista pero que es incapaz de abordar junto a él cuestiones interesantes y retadoras sobre las que todos tenemos una opinión. Pero la que realmente triunfará es la que logre que la cambiemos.

Lo más importante: el tema

El tema siempre debe ser una cuestión universal, llevada de la anécdota a la categoría. Grandes preguntas y respuestas. Probablemente la más ambiciosa, ¿quién es Dios? ya se la ha planteado en varios capítulos Morgan Freeman en ‘La historia de Dios’. ¿O cuál es el precio de pasar a la Historia, de hacer algo realmente memorable? Ahí está la concatenación de fracasos y desesperación de Elon Musk hasta la gran victoria final en su odisea espacial ‘Countdown‘. Apagamos el televisor o bajamos la tapa del ordenador pensando que podría haber algo más, una misión más elevada, y que un martes cualquiera podría convertirse en algo más que esto.

Por eso en la docuserie es fundamental -por encima del formato, del decorado y hasta del personaje- la acertada elección del tema. Poco triunfaría una docuserie que escoge bien a su protagonista pero que es incapaz de abordar junto a él cuestiones interesantes y retadoras sobre las que todos tenemos una opinión: relaciones de familia y pareja, modo de vida, la relación con el dinero, con la religión, con la política, etcétera. Pero la que realmente triunfará será la que logre que la cambiemos.

Por ejemplo, la de Rocío Carrasco no habría tenido el mismo impacto social si, más allá del puro biopic, no se hubiera introducido el tema de la violencia vicaria. En ‘Nevenka’ el tema es el machismo social e institucional, y el impresionante ‘Wild, wild country’ nos muestra lo fácil que puede ser confundirnos.

Detrás el alocado mundo de ‘Tiger king’ hay una seria invitación a reflexionar sobre modelos de vida menos normativos. ‘Las cintas de Ted Bundy’ nos recuerdan que los mayores asesinos también llevan jersey anudado en los hombros, van a la facultad con tu hija y la invitan a entrar en su coche. ‘Rotten’ (‘Podredumbre’ en Netflix) fascina por sus revelaciones aterradoras del funcionamiento de la industria alimentaria y ‘¿Dónde está Marta?’ logra con sus pesquisas que sus descubrimientos salten a la misma investigación del caso.

Ya que un documental es la exposición de un punto de vista, sólo nosotros tendremos la palabra final sobre lo que hemos visto, si las pruebas nos han convencido o todo lo contrario, y lo que es mejor: si deberíamos actualizar alguna de nuestras opiniones.

Aquí alguien se merece un premio

Un premio a los primeros que lograron salirse con la suya y parar eso de «hay que convertir estas 100 horas de grabación en un documental de 45 minutos. Hay que cortar, cortar, cortar». Benditos los que se impusieron sobre la tijera y, también, a los que del otro lado compraron una serie y no sólo un documental.

Que a nadie le escape el beneficio secundario: Trocear un contenido aporta un valor extra: genera más conversación y más audiencia sostenida, ya sea en platós o en redes sociales. La emisión de un único documental genera tuits y titulares durante tres días, pero seriarlo genera un interés mantenido -tanto nuevo como acumulado- durante el tiempo previsto de emisión, lo que incrementa los ingresos de las cadenas y plataformas.

Las docuseries son estimulantes, en muchas ocasiones moral y éticamente desafiantes, y sus preguntas a veces son el cuchillo que el lanzador nos clava junto a la oreja.

El triunfo de lo largo es todo un milagro en la narrativa audiovisual del siglo XXI, cuando todo debe ser corto. Por ejemplo, en muchos informes de métricas de redes sociales se da un margen de sólo tres segundos para saber si un vídeo ha enganchado o no. Tres segundos de oportunidad. Como consecuencia directa o indirecta, la visión en storiescope de la vida ya ha empezado a hacer mella en los cerebros y procesos de aprendizaje de niños y adolescentes. Hay mil estudios sobre ello. Todo tiene que ser más rápido, más impactante, más ruidoso. Warhol diría hoy que en el futuro sólo tendrás 15 segundos de concentración.

Ya avanzó Schopenhauer que «sería bueno comprar libros, si se pudiera comprar a la vez el tiempo para leerlos». En esta época multitarea de notificaciones, prisas y urgencias, muchos echamos de menos aquel espacio libre de distracciones y pocas interrupciones que solíamos ocupar en leer varios capítulos de un libro o perfeccionar una habilidad. En profundizar en cualquier cosa, básicamente. Y dedicar ocho horas a conocer la cara más oscura de la industria alimentaria probablemente lo sea. Las docuseries, en este contexto, son estimulantes, en muchas ocasiones moral y éticamente desafiantes, y sus preguntas a veces son el cuchillo que el lanzador nos clava junto a la oreja.

Ya que hablamos de Warhol y cuchillos, Netflix acaba de lanzar una docuserie sobre los famosos diarios del referente pop. Tampoco es casual: en los tiempos inciertos, nadie mejor que los creadores universales para plantear preguntas y respuestas.

¿Tendremos una docuserie sobre un icono cultural del siglo XX entre lo más visto de la plataforma? Aquí debería poner el meme del brindis de Leonardo di Caprio ante el augurio de una larga y próspera vida a la industria audiovisual.

Ojalá también lo sea para todos nosotros.

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